28.12.10

La hija de la lágrima II.

No siempre fui Lola.

Lo conocí cuando mi edad se contaba aún con una cifra. Siempre fuimos amigos, hermanos. Poco a poco él me metió en su mundo. Me presentó uno a uno, ellos se convertirían en mis nuevos hermanos, cuidarían de mi, cuando yo quede inconsciente.
Recuerdo las primeras salidas, tenían problemas para que yo entrase a los bares. En la primera encerrona mi hermano me llevó a una esquina y me dijo: Veas lo que veas, no digas nada. Aquí todo se puede. Luego, con el tiempo, entendería todo. Pase lo que pase, todos miran, todos somos partícipes, todos somos cómplices del crimen, pero nadie hará nada. Así como nadie hizo nada conmigo.

El nombre Lola fue una casi burla que se popularizó entre nosotros. Era la nena de Nabokob, la nena de los hermanos. Ser Lola ha causado en mí ciertas cicatrices, que aún, después de dejar de usar ese nombre, son tangibles en mi cuerpo. Todo lo ocasionó la caja. Mis hermanos me protegieron de todo menos de la caja, yo, su pequeña muñeca de cristal, su frágil experimento quedé dañada. Ellos me la enseñaron y hasta me dejaron ponerle nombre. "La caja de Pandora, la que alberga todos los males del mundo" Nos reímos tanto de nuestro chiste, no estaba lejos de ser verdad. Realmente íbamos a los lugares a esperar la caja, después de su llegada, solo tengo recuerdos difusos.

Siempre escondí bien a Lola, ellos me enseñaron.
Solo tengo pocos recuerdos concretos:
Estábamos sentados en el bar de turno, esperando que llegase la caja. JD salió y nos avisó que estaba atrás, entramos todos. Cada uno tomó lo suyo, yo fui por lo de siempre. Encontré un poco de paz sentándome en el suelo, en una esquina. Tenía un encendedor en las manos, empecé a jugar con el, la llama me encandilaba, el fuego calentó al metal, dejé que se apague y lo presioné fuertemente contra mis dedos. Lo repetí varias veces, sin sentir dolor, solo sentía la sensación.
Mi hermano me lo quitó de las manos, me agarró de la muñeca y me arrastró a un baño. Abrió la canilla metió mis manos en agua fría. Grité de dolor, comencé a llorar, lo insulté, le dije que se fuera. Vi mis dedos, estaban rojos, quemados. Me dejé caer al suelo, vi el encendedor en una esquina, lo recogí y lo metí en un bolsillo. Sentí miedo, me levanté, me lavé la cara, me saqué el delineador corrido. Salí en búsqueda de mi hermano, lo abracé y me senté en sus rodillas, me acerqué a su oído y le susurré lo más bajo que pude: Hermano, quiero irme a casa.

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